María o Lo Eterno Femenino

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Les confieso que cuando la editora me habló del artículo para este número, mi primera reacción fue de rechazo. Literatura femenina? le dije y me di cuenta de lo poco que había leído de literatura femenina. La propuesta me había puesto en evidencia y concluimos aquella noche en que me lo pensaría.  La realidad fue que no me lo pensé, la realidad fue que la consigna me tomó por asalto y desde entonces no me dejó en paz. Noche de desvelo y un flash, vaya a saber de dónde me aparece aquello de “Lo eterno femenino” Algo que había leído alguna vez y supe que esa frase contundente, plena de reverberaciones y ecos potentes tenía algo para decirme, claro, no me lo iba a entregar sin pagar el tributo. Así anduvo, dándome vueltas y fue que buscando, encontré la mención, tal cual aparece así, textual en el acto V de la segunda parte del Fausto de Goethe

“Todo lo perecedero no es más que figura. Aquí lo inaccesible se convierte en hecho; aquí se realiza lo inefable. Lo eterno femenino nos atrae a lo alto.”

Ciertamente oscuro (se dice que Goethe fue el primer alquimista moderno) la frase me seguía negando aquello que yo podía intuir pero que no tomaba forma, no tenía sentido. Y entonces llego a Carl Gustav Jung, psicólogo él, atraído por el esoterismo y la alquimia, y que tomando la frase de Goethe, elabora una teoría donde el “Anima” representa las imágenes arquetípicas de lo eterno femenino en el inconsciente de un hombre (usado en el sentido de género masculino) y que lo ayudarían a llegar al si-mismo…

Y ahí estaba yo, con mi pobre investigación y cada vez más atrapado en los recovecos de una frase que no pude explicarme sino a través de intuiciones, atisbos vagos de algo inabarcable, potente e intimidatorio, pero a la vez insoslayable. Un continente sin descubrir, que nos excede y nos atrae sin remedio, aunque a veces nos vaya en eso la vida. A los hombres (al menos a mí) nos cuesta lidiar con esto y la más de las veces preferimos sacarle el cuerpo (o combatirlo). Pero ahí está la novela, y la mujer escribiendo. No hay lugar donde puedas esconderte y caí en la cuenta que, acaso, fuera María la primera mujer que me sacó del escondite.

Como dije, creo no tener un prejuicio respecto de la “literatura femenina”, pero en mi biblioteca era la excepción, Silvia Iparraguirre, Marguerite YourcenarMuriel Barbery, Clarice Lispector y poco más. Un día, de esto hace más de dos años, María me pasa un libro de Marcela Serrano, “Antigua vida mía”. Lo miré de reojo, le hice un par de preguntas que ella evadió con elegancia y me di a leerlo. Claro, en el momento de la devolución surgió la pregunta: ¿y…? Le comenté, haciendo uso de una diplomacia de kínder, que el libro me parecía bueno, la historia interesante, pero que me asombraba lo que para mí eran cambios inexplicables en el ritmo o en la profundidad de la escritura. Encontraba partes de una belleza y profundidad avasallantes y por allí caía en situaciones o descripciones pueriles, casi de novela venezolana y que eso me molestaba tanto… María me miro con esos ojos que tanto pueden entibiar el alma o incinerarla sin piedad, se dio media vuelta y se largó a cuesta abajo: Sabes qué? Vos sos de madera, no sabes nada de la vida, no entendes nada de lo que una mujer siente. Intenté, vanamente, explicarle que rescataba la calidad de la escritura y justamente lo que me molestaba era que la Serrano pudiera alcanzar lugares tan exquisitos, dulces y profundos y luego caer en eso, puro cliché, puerilidades. Su respuesta fue contundente: Y de qué te crees que está hecha la vida?  No hablamos más del asunto y eso quedó ahí… supongo que lo escondí, inútilmente…

Así llegamos a hoy, y rumiando mi eterno femenino rescaté aquel episodio y el nombre de Marcela Serrano. Supuse (y supuse bien) que allí podía encontrar la clave. Me hice de la famosa novela y de su último libro de cuentos. Antes de la relectura quería ver qué pasaba con un texto de ella, que yo no hubiera leído y en un día despache los 20 cuentos del volumen “Dulce enemiga mía”. La impresión fue la misma pero la sensación distinta: pueril dije y me maldije. Lo que yo no pude ver aquella vez era que esa pretendida puerilidad no era más que una parte esencial de eso que misteriosamente se nombra como “Lo eterno femenino” y lo disfruté.

Como siempre hagan su criterio, si quieren disfrutar de literatura femenina, Marcela Serrano es una buena opción. Les dejo para terminar unos párrafos de la novela. Del libro de cuentos, el que le da el título es magistral.

Una mujer es la historia de sus actos y pensamientos, de sus células y neuronas, de sus heridas y entusiasmos, de sus amores y desamores. Una mujer es inevitablemente la historia de su vientre, de las semillas que en él fecundaron, o no lo hicieron, o dejaron de hacerlo, y del momento aquel, el único en que se es diosa. Una mujer es la historia de lo pequeño, lo trivial, lo cotidiano, la suma de lo callado. Una mujer es siempre la historia de muchos hombres. Una mujer es la historia de su pueblo y de su raza. Y es la historia de sus raíces y de su origen, de cada mujer que fue alimentada por la anterior para que ella naciera: una mujer es la historia de su sangre” Antigua vida mía – Marcela Serrano  (1995)

Charly Chan

Pdta I: Los diálogos de la anécdota obviamente no son literales pero si reflejan, en mi recuerdo, lo que allí nos dijimos.

Pdta II: Wikipedia mediante les dejo una punta de lo que encontré

Etapas de desarrollo

Jung establecerá tomando de la Antigüedad tardía una escala erótica de cuatro mujeres, serie repetida alusivamente en el Fausto de Goethe. Son cuatro grados de la imagen del ánima, del eros heterosexual, es decir, «cuatro grados de la cultura del eros»:2

  1. El primer grado, Hawwá, EvaTierra, remite a lo biológico y meramente impulsivo, existiendo una identificación de la mujer con la madre, y representando «lo que hay que fecundar».
  2. En el segundo gradoHelena (de Troya), se mantiene el predominio sexual de eros, pero se alcanza un nivel estético y romántico que permite disponer de algunos valores individuales.
  3. En el tercer gradoMaría, eros se espiritualiza, hallamos la maternidad espiritual que la diferencia de Eva.
  4. Y finalmente, como cuarto grado estaría Sofía, la sapientia o sabiduría, espiritualizando a Helena o manifestación de eros como tal. Sería lo eterno-femenino.

    Por Charly Chan / Facebook:Charly Chan
    Ilustración: Adictos Graficos

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