¿Quién es Michael Bay?

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¿Quién es Michael Bay?

Por Sebastián Elesgaray

Michael Bay representa el espíritu más decadente del actual cine de Hollywood (y del de siempre, para qué criticar a la posmodernidad). Cuando algo funciona, lo repetimos. Si sigue dejando dividendos, lo volvemos a hacer. Y así hasta que nada tenga sentido. Porque la máquina de hacer billetes que resultó ser como director y productor debe dejar contentos a muchos accionistas.

Cuando en 1995 se estrenó el film Bad Boys, las películas de acción todavía estaban destinadas a los Machos (sí, con mayúsculas). La testosterona era el denominador común para los tiros y las explosiones, no había espacio para mucho drama, mientras más bíceps se vieran mejor, y el tipo rudo tenía que ser un solitario.

Bueno, ahora también apuntan más o menos a lo mismo.

Pero, en ese sentido, la opera prima del señor Bay nos dejó llenos e incluso nos empachó. Chistes estereotipados sobre mujeres, chistes estereotipados sobre negros (estos, a costa de dos actores afroamericanos como Will Smith y Martin Lawrence), escenas de acción con muchos gritos, disparos y explosiones. Sobre todo esto último: explosiones. Michael Bay era un tipo que llegaba de la publicidad y el video-clip. Su idea de ritmo tenía que ver con una cámara que en ningún momento se quedaba quieta. Esa aceleración la trasladó sin dudar a lo que fue el puntapié inicial de una larga carrera apadrinada por el “Rey del Pochoclo”, Jerry Bruckheimer.

No hagamos mucho escándalo: su propuesta de acción era interesante. Su propuesta de guión, no. Las incoherencias se sucedían sin vergüenza, pero las compensaba con un ritmo imponente. Los personajes se desarrollaban tan poco que si morían no nos iba a importar mucho. Los villanos eran bastante ineptos. Se dio el lujo de hacer explotar varias cosas, y ahí quedó.

Sin embargo, al año siguiente se estrenaba The Rock, lo que para muchos es (me incluyo) su mejor película. Un guión mucho más sólido (se rumorea que el mismo Tarantino metió mano ahí). Para algunos suma mucho la banda sonora de Hans Zimmer. Y para otros el ritmo trepidante que lo caracteriza surte un efecto mucho más potente. Para mí gusto, esta película hubiera sido insoportable si no fuera por los enormes actores que la compusieron, incluso un Nicolas Cage que todavía no era tan estúpido. Sean Connery y Ed Harris son dos leyendas puestas a prueba, ganan en cada plano y en cada línea que dicen, incluso haciéndonos comer ese patriotismo barato que tanto le gusta vender a Bay.

Pero… ¿qué pasa cuándo la fórmula es siempre la misma? ¿Qué pasa cuándo en realidad lo único que hacés es repetir lo mismo una y otra y otra vez? Si uno se pone a analizar la filmografía de grandes directores, encontrará recursos argumentales que se repiten; pero también encontrará cambios, búsquedas y riesgos a los cuales se atienen para llevar adelante cada película. Como una obra distinta, no tanto como un producto de consumo. Por ejemplo: podemos reconocer en Steven Soderbergh ciertos recursos del relato, ciertas repeticiones en el modo de narrar que son propias de su estilo. Pero Erin Brockovich (2000) no es lo mismo que Traffic (2000) ni que Ocean’s Eleven (2001).

Sigamos con Michael Bay. Nos vamos a saltear Armageddon (1998) y Pearl Harbor (2001). Esta última, una inconmensurable falta de respeto. Desde las ridículas libertades que se toma en los datos históricos (por ejemplo, el hecho de mostrar a los aviones japoneses disparar contra hospitales cuando se sabe que esto no fue así) hasta personajes clichés que mueren y ni siquiera nos acordamos sus nombres. Un intento de hacer Titanic (1997) para machos. Después volvió a juntar a los negros (si el puede disminuirlos, porqué yo no) para hacer Bad Boys II (2003) y se metió con la ciencia ficción blanda con The Island (2005).

Entonces encontró una franquicia. Llegó Transformers (2007). Para los que rasguñamos la tercera década (o la pasamos), la llegada de este film fue de pura alegría. Al fin íbamos a ver en la pantalla grande a esos dibujos animados que tan buenos momentos nos habían hecho pasar de chicos. Todavía falta que adapten a los Thundercats o los Halcones Galácticos, pero esto era un gran paso adelante.

La fórmula de Bay funciona desde un escalón simple: son robots, se van a cagar a piñas, y van a hacer explotar cosas. No hay nada más. No esperes nada más. El disfrute (casi) sexual que esta película producía desde el aumento de testosterona, nos dejaba divertirnos con la sencillez de un niño. Claro que muchas veces lo único que veíamos era un amasijo de metales y fuego sin entender muy bien lo que pasaba, o tratábamos de comprender el porqué de ciertos chistes que daban un poco de vergüenza ajena. Sea como sea, Bay lo hacía y la nostalgia nos dejaba disfrutar sin culpa.

Después vino Transformers: Revenge of the Fallen (2009). Exactamente lo mismo. Y siguió con Transformers: Dark of the Moon (2011). Lo mismo otra vez. Eslogans y discursos de fortaleza desesperantes que hacen sonar a Optimus Prime casi como un loco. No importa que tan imbécil llegues a ser siempre que tengas el arma adecuada y la dispares tantas veces como sea posible (si la analogía quedó muy obvia, pido disculpas). Esto es Stallone y Steven Seagal llevado al ridículo por caminos adolescentes. Al menos los 80′ y los 90′ apuntaban su cine de acción hacia el público adulto. Que nosotros como chicos las hayamos visto, es otra cosa. Ni siquiera cabe mencionar Transformers: Age of Extinction (2014), la cual no vi más que quince minutos. Pero tiene un dinosaurio robot, oh gracias.

Tema aparte la cosificación de la mujer en sus tramas, que ya no puede tratarse como tal porque Bay lleva esto al infinito. El plano de Megan Fox levantando la tapa del auto, mostrando el vientre plano y denotando que su única función en toda la película será destacar que tan transpirada la podemos ver. La ridícula posición en la que nos presenta a Megan Fox en Transformers: Revenge of the Fallen. El plano del culo de Megan Fox en Teenage Mutant Ninja Turtles (2014), película en la que oficia de productor y pone a cargo a Jonathan Liebesman, un director de su escuela tan o más básico qué él.

Digo: ¿no es desesperante, a esta altura, ver a la mujer correr de la mano de un héroe que la tironea para salvarla del peligro? El póster de su film The Island es precisamente eso: Ewan McGregor tirando de Scarlett Johansson. Bay no tiene imaginación para darle un rol concreto a la mujer. Su punto de vista la establece como el elemento que debe ser salvado como método reproductivo, individuo débil u objeto de deseo.

En definitiva, el tema de Michael Bay es siempre la percepción que cree que la gente tiene de la sociedad (estableciendo como base Estados Unidos) y no su propia forma de verla. Hay un sentimentalismo barato puesto en un patriotismo aún más barato. Los héroes de Michael Bay tienen que estar midiéndose el pene a cada rato para recordarse a sí mismos que son los protagonistas por algo. ¿Sabe adónde va con sus argumentos? ¿Sabe qué es lo qué quiere decir, lo qué quiere contar? Tomemos como referencia que cuando recibió odio sobre el estreno de Transformers dijo: “Déjenlos que odien, aún así verán la película”. ¿Posta? ¿Eso es lo mejor qué tiene este tipo?

Michael Bay no es un desafío para nadie. Incluso muchas películas que parecen simplonas o tontas en su más básica concepción plantean una búsqueda, la intención de contar con un tema que movilice aunque sea una mínima parte de nuestro cerebro. No estoy diciendo que miremos cine independiente serbio todas las semanas. Sí que, a veces, hay que cortar con el fast food y comer aunque sea, una verdura.

Alguna vez Stephen King se definió a sí mismo como el equivalente literario de un Big Mac con papas fritas. Siguiendo esta línea, el señor Michael Bay sería esas sobras que tiran los locales de comidas rápidas al terminar el día.

A veces, ni siquiera eso.

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